Vida Isleña


Las islas son lugares aparte. Engendran especies que les son propias, y también fomentan que las personas hagan las cosas a su peculiar manera, abrigando secretos que los extranjeros ignoran. El aislamiento nutre y sustenta a culturas y a criaturas por igual. En las islas se generan formas ricas que son nativas y que han nacido en sus propios mundos, una dispersión de fragmentos geológicos. Estas formas nativas están ocultas, son diversas y a menudo maravillosas. Las islas son fecundas y creativas.
 

Las islas son, por definición, insulares. Este aislamiento a menudo propicia singularidades endémicas. Puede incluso estrechar la mente hasta reducirla a los límites de un minúsculo peñasco perdido en un océano que es infinito. La constante soledad lleva a desconfiar de los extranjeros. Las islas se encuentran resguardadas, mientras que en las tierras continentales la selección natural que impulsa la evolución y la cultura sigue su curso imparable. Y aunque las quimeras de verdad hayan dejado de existir, en los reductos isleños aún habitan extraños organismos. Estos lugares secuestrados son una morada segura para monstruos que aún conservan la esperanza.
 

Las islas son también un sueño para billones de personas que viven en tierras superpobladas. Estando aburridos, bloqueados en alguna cola o atasco de tráfico, ¿quién de nosotros no ha fantaseado con huir a algún lugar lejos de todo? Un lugar en el que nos fuera posible una vida auto suficiente bajo un cielo cálido. Un paraíso, diríamos. O, mejor aún, una isla paradisíaca. La gente rica hace gala de su independencia comprando islas enteras, es su modo de participar en este sueño. Y normalmente suelen levantar vallas y obstáculos para excluir a los otros de su sueño. Mustique y mística son primos hermanos en algo más que en el nombre. Pero el simple acto de comprar resulta - en sí mismo - contradictorio con la noción de 'paraíso'. Y estas islas que han sido compradas no se diferencian en mucho de una urbanización vallada, donde se expulsa cualquier cosa que no se amolde a la idea de lo paradisíaco.
 

Se podría alegar que las islas llevan la carga de estos diversos atributos con desasosiego. La tensión existente entre uno y otro concepto no encaja con la idea de las islas como lugares limpios, en los que prevalece la naturaleza. La historia de las islas es casi siempre la historia de una degradación, y normalmente el intruso culpable es la especie humana.

¿También deberíamos preguntarnos si se puede verdaderamente 'poseer' una isla? En lo que respecta a este derecho de propiedad existen diversas reivindicaciones que entran en conflicto, y cada una de ellas viene determinada por una idea distinta sobre qué es lo más importante del lugar. Y así, una isla existe en la mente de las partes implicadas en el conflicto, de igual modo que flota solitaria en el mar, en un aislamiento más o menos glorioso.
 

Desde el punto de vista geológico las islas son jóvenes, una creación surgida de la erupción de la lava y construida sobre los lechos marinos. Las islas son las cumbres de enormes montañas y, como todas las montañas, están sometidas a la erosión. De tal modo que finalmente acabarán por desaparecer de regreso a su lugar de origen bajo las olas. Estas islas recién acaban de nacer y son negras porque el basalto, una roca volcánica, es de color negro. Son como granitos en la faz del planeta, y han sido creadas por el lento movimientos de las placas tectónicas. Cada una de ellas es una tabula rasa en la que el tiempo y la evolución escribirán su historia. Las islas que se ubican lejos de los continentes pueden ser mucho más complejas y antiguas, pero aún así son perecederas de un modo en que los continentes no lo son.

Cualquiera que sea su origen, las islas forman los 'oasis' de los grandes mares. A su alrededor proliferan los peces, y en las latitudes tropicales las rodean arrecifes de coral. Las islas invitan a asentarse y prosperar, son lugares en los que vivir.
 

Las Galápagos podrían ser el arquetipo de un grupo de islas remotas. Para los biólogos, estas islas en particular son muy importantes, porque su aislamiento las convierte en un laboratorio natural de lo que es la evolución. Las Galápagos son una tierra sagrada dedicada a San Charles Darwin (si la iglesia permitiera la existencia de los santos seculares, sin duda él sería quien encabezaría la lista). El descubrimiento de la evolución orgánica ha transformado la comprensión que el hombre tiene sobre su lugar en la naturaleza. Este conocimiento se gestó en las Galápagos, de ahí que no sería exagerado describir a estas islas como el lugar más importante y urgente a preservar en el mundo de la biología. Sin duda existen muchos biólogos que están convencidos de ser 'propietarios' de las Galápagos, y que desearían preservarlas en su estado original tanto tiempo como sea posible. Pero las plantas de quinina y las zarzamoras ya han profanado su aislamiento. Estas vulgares y vigorosas intrusas han estampado su huella en San Cristóbal y Santa Cruz. Pero lo que se conserva en las otras islas aún hace de ellas los parajes más importantes en los que experimentar sobre la selección natural que Darwin reconoció en su momento. Los esposos Grants, ambos biólogos de la Universidad de Princeton, han estado estudiando con incansable fervor a los pinzones de las Galápagos. Estos pájaros son famosos por la capacidad que tienen de adaptarse a las distintas dietas alimentarias de las diferentes islas, y durante décadas los Grants han estado anotando todos y cada uno de sus cambios. Una investigación de esta clase, que nunca finalizará y que siempre conducirá a un descubrimiento nuevo, seguramente justifica que existan estos sentimientos de propiedad. Se puede, pues, argumentar que estas islas pertenecen a la comunidad científica de todo el planeta. 
 

 Sin duda, el gobierno de Ecuador estaría en desacuerdo. Las leyes de la soberanía nacional invalidan las demandas de los simples científicos, y la sola magia del nombre Galápagos garantiza que los turistas acudirán en busca de ese prístino ideal de isla. Haber viajado a estas islas es como revestirse de un estatus simbólico, una insignia de arrojo. Algunos podrán opinar que no es realista revertir las manijas del reloj, negar la entrada a un mundo que siente una gran curiosidad. Ya hemos aprendido las lecciones extraídas de la ciencia, argumentan, ahora las islas inician una nueva etapa: es hora de dejar atrás a Darwin. Después de todo, la historia de Hawaii nos ha demostrado que las especies insulares son particularmente vulnerables, y que de una manera u otra acaban siempre por morir cuando su habitat natural zozobra o desaparece. Nosotros nos limitamos acelerar los tiempos. Es posible que algunos de los habitantes estén de acuerdo con esto. ¿Existe alguna razón por la que las iguanas marinas y los piqueros deban tener la precedencia sobre una especie llamada homo sapiens supuestamente más evolucionada? ¿Y quiénes son estas personas con gafas que llegan aquí con sus computadoras y compases para asegurarnos que las necesidades de un pequeño pájaro son más importantes que las necesidades de los hombres? Es un hecho que quién ocupa un lugar tiene el derecho primordial de propiedad del mismo. Y estos pedazos de basalto oceánico deben 'pertenecer' primero a los isleños y no a los estudiosos que vienen de otras partes del planeta.
 

El conflicto, las riquezas naturales, el derecho a la propiedad, la política, las tierras vírgenes, el paraíso (y el paraíso perdido)... estos son los temas que conforman la condición de estas islas. Todo esto es ambiguo, territorio extraño para un científico. Son asuntos de contornos difusos que no pueden ser sometidos a simples experimentos empíricos. En cambio, este mismo territorio resulta familiar al artista. Parece como que existiera una cierta afinidad entre los artistas y los habitantes de las islas. Sin ir más lejos, Sidney Parkinson, el artista naturalista que acompañó a Joseph Banks en su navegación por el Pacifico, plasmó su fauna y flora para deleite de la sociedad georgiana de su época. Y el pintor francés Paul Gauguin hizo retratos, siempre respetuosos y muy a menudo misteriosos, de las mujeres de Tahiti. Quizá esta afinidad se deba a que el auténtico artista permanece siempre aislado, pues necesita mantenerse a cierta distancia de la tierra en que habitan sus semejantes para poder gestar su mundo original. O a lo mejor la razón es más simple, y sucede que lo desconocido y lo inesperado de las islas encienden la chispa que desencadena el proceso creativo. Pero cualquiera que sean las causas, una cosa es cierta: el artista hará brotar inesperadas creaciones de los suelos isleños. Estas verrugas que asoman en las superficies oceánicas del Pacífico y el Atlántico son una tierra tan fértil para los experimentos de los artistas como para las investigaciones de los científicos. Y el artista, ¿acaso no se imagina a sí mismo como una suerte de Próspero que conjura un mundo aislado y mágico? Quizá la mejor manera de explorar la difícil cuestión de la 'propiedad' sea mediante el arte, porque éste es capaz de diversificar la verdad y mostrarla en un modo más complejo que no el que partiría de un posicionamiento político o incluso de un análisis científico. Todos deseamos hacer de las islas algo nuestro, pero no hay arbitraje posible respecto a la verdad de su posesión. 
 

Y ahora ha llegado el momento en que yo exponga con claridad mi propia visión de lo que es la vida en una isla, aunque tampoco soy ajeno a los tormentos de la ambigüedad.
 

Soy un científico, y por tanto para mí es importante un enfoque racional. Debo aceptar que, al igual que sucede con la virginidad, una vez la virtud de una isla ha sido mancillada ya no existe el retorno a su estado de pureza original. Los anales de la extinción se van engrosando mientras las islas remotas - una tras otras - cambian para siempre debido a la llegada de ratas, perros o gatos. En cada uno de los números de Birds, la revista de la Royal Society para la Protección de Aves, aparece alguna deliciosa y minúscula criatura emplumada cuya subsistencia está en peligro. Sin lugar a dudas, la interferencia del hombre acelera la decadencia de formas de vida que el tiempo había ubicado y agrupado en lugares remotos. Con nuestra llegada parten al destierro cosas especiales que hacían de los lugares algo especial. Quizá deberíamos plegarnos ante lo inevitable sin aspavientos. Esto, al menos, es lo que una parte de mi mente científica podría dar por supuesto.
 

Sin embargo, cuando me encontraba investigando para mi libro Survivors, un tratado sobre organismos que han llegado hasta nuestros días desde lo más profundo de la geología y el tiempo, tuve noticia de la existencia de un pequeño sapo llamado el ferreret, que vive en la isla turística de Mallorca. El ferreret se conocía como fósil antes de que se encontraran ejemplares aún vivos, subsistiendo tozudamente en montañas de piedra caliza y lejanas charcas. ¿Estaría el ferreret condenado?, me pregunté, ¿al igual que lo estaban tantas de las especies endémicas de las islas?. Lo visité en sus refugios y un estudiante que había dedicado años a su estudio me hizo conocer su compleja e intrigante biografía. Después de esto, tomé aguda conciencia de la individualidad que poseía este especial fósil viviente. Y a partir de entonces me sentí profundamente concernido por su supervivencia. Me di cuenta de que cada especie tiene su propio relato, una biografía. Y que la desaparición de una especie no es sólo un pico de caída en el gráfico de la biodiversidad, sino también la pérdida de una historia única. De tal manera que la evaluación científica de esta pérdida, lo que sería la mera estadística, se convierte de inmediato en algo mucho más complicado. ¿Qué derecho tiene nuestra particular especie a imponer el exterminio de otras criaturas que ni siquiera han tenido tiempo de narrar sus propias historias?. No podemos 'ser dueños' de la narración de una especie, tampoco podemos condenarla a una aniquilación prematura sin que al mismo tiempo disminuya la riqueza de toda la biosfera. Tiene que haber cuestiones morales relacionadas con el derecho a la supervivencia de las especies biológicas - una supervivencia vinculada a la actuación de los humanos en las islas -, y estas cuestiones morales no solo son competencia del científico sino también del artista o el filósofo. Cuando a todo esto se añaden también las historias humanas - demasiado humanas - de los propios habitantes de las islas, nos encontramos ante una combinación de hechos tan repleta de desafíos y preguntas como pueda serlo el panorama de cualquier ciudad del interior. Y entonces la isla paradisíaca empieza a parecer cada vez más ilusoria.
 

Aún así, sigue habiendo algo que es extrañamente encantador cuando uno se acerca por primera vez a una isla por mar. Pues desde allí aun se prolonga la promesa de alguna clase de Edén. Imagino que este sentimiento, tan especial, se encuentra profundamente enraizado en el interior de todos nosotros. Quizá sea el deseo atávico de un territorio de caza virgen. O, como decía el inveterado escritor y viajero Robert Luis Stevenson, sucede que 'viajar con la esperanza a cuestas es mucho mejor que llegar al destino final'. Explorar forma parte de nuestra naturaleza. Nos gusta levantar las piedras y ver lo que se oculta debajo de ellas. De esto a convertirse en un naturalista, un geólogo, o incluso, ya que hablamos de ello, en un artista, solo hay un paso. Sin embargo, sigue siendo cierto que nuestra llegada al Paraíso rubrica un hecho fatal, el de su pronta caída.


Durante varias décadas, Richard Fortey fue paleontólogo del Natural History Museum de Londres y ahora es un Investigador Asociado y Honorario del mismo centro. Es una autoridad en trilobitas. En paralelo, ha desarrollado una carrera como escritor. En su haber tiene siete libros, incluidos los que fueron candidatos a los premios Aventis y Samuel Johnson. Ha sido galardonado con el Premio Thomas Lewis de la Universidad Rockefeller y el Premio Michael Faraday de la Royal Society de Londres por sus trabajos sobre la ciencia de la comunicación. Es miembro de la Royal Society y también de la Royal Society of Literature. La serie que creó para la cadena de televisión BBC, Survivors: Nature's Indestructible Creatures, fue emitida en el año 2012.